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El
tiempo de lo político
Jan Neverdeen Pieterse, University of Illinois
Profesor de sociología en la Universidad
de Illinois, Jan Nederveen Pieterse nos presenta sus reflexiones
sobre el estado de las ciencias sociales y los estudios sobre
el desarrollo a la luz de un nuevo período en el que la gran potencia
está en guerra y el multilateralismo se bate en retirada. Conciliar
esta constatación de Realpolitik con los objetivos del desarrollo
invita especialmente a suprimir las barreras entre los campos
de investigación.
no
de los objetivos principales de este número del Courrier de la
planète es comprender lo que las ciencias sociales han aportado
a los estudios sobre el desarrollo y en qué medida han influido
sobre la comprensión del desarrollo. Plantear la cuestión de esta
manera nos lleva a separar ciencias sociales y desarrollo en dos
campos diferentes, cuando en realidad son interdependientes: estos
dos campos de investigación se concentran en el progreso y sus
consecuencias.
Las
ciencias sociales, que tomaron forma en el siglo XIX, estudian
los problemas relacionados con la industrialización, la urbanización,
etc., y, al hacerlo, establecen un marco de análisis para las
problemáticas del desarrollo.
Así,
desarrollo es, antes que nada, una noción propia de los países
europeos industrializados en el siglo XIX, aplicada más tarde
a las regiones de Europa atrasadas en cuanto al desarrollo y posteriormente
a las dependencias coloniales.1
Mucho después de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo se convirtió
en un campo de investigación en sí mismo.
Las
ciencias sociales y los estudios sobre el desarrollo confluyen
en la cuestión de la modernidad. En resumen, las ciencias sociales
analizan los problemas relacionados con la modernidad, mientras
que los estudios sobre el desarrollo se interrogan sobre los medios
para modernizar la sociedad. Así, los grandes pensadores clásicos
de la economía política y de las ciencias sociales (Marx, Durkheim,
Weber, etc.) son también clásicos del pensamiento sobre el desarrollo2
y los cambios en curso en el seno de las ciencias sociales repercuten
sobre los estudios del desarrollo: el estructural-funcionalismo
se ha operacionalizado en la teoría de la modernización; el keynesianismo
ha sido reinterpretado en el estructuralismo latinoamericano;
la teoría de la dependencia se hace eco del neomarxismo y el posestructuralismo
se encuentra en el posdesarrollo.
Asimismo,
como campo de investigación en sí mismo, los estudios sobre el
desarrollo influyen a veces sobre las ciencias sociales. Así,
la teoría de la dependencia (construida en sus orígenes con el
aporte de las ciencias sociales) ha modelado el pensamiento occidental.
Por ejemplo, la experiencia del Asia oriental inspiró la noción
de "tigre céltico" para describir el proceso de desarrollo en
Irlanda.
Para
los países en desarrollo (PED), las ventajas del desarrollo resultan
bastante evidentes (si bien la cuestión del tipo de desarrollo
operado sigue abierta). Pero para los países industrializados,
¿cuál es el interés de ver que los PED se desarrollen? En geopolítica
existe una idea consagrada que consiste en considerar que la escena
internacional es una arena sin leyes, hobbesiana y peligrosa y
que, por consiguiente, es el interés nacional el que debe guiar
la política internacional.
Si
solo la mitad de eso fuera cierto, ¿por qué, entonces, cuando
abordamos las cuestiones del desarrollo, el mundo estaría poblado
de buenos samaritanos y de Florence Nightingale?3 ¿Por qué los
países industrializados deberían ayudar a los PED y hacer de ellos
futuros competidores potenciales? Por tanto, sería lógico considerar
que las sociedades industrializadas comparten su pedazo de la
torta con los menos privilegiados únicamente bajo ciertas condiciones.
En particular, que ellos acepten la ortodoxia en vigor en los
países industrializados a propósito de lo que constituye el desarrollo
y cómo lograrlo, y que acepten el hecho de que los países industrializados
desean promover su ayuda al desarrollo manteniendo al mismo tiempo
su ventaja estratégica.
Durante
la Guerra Fría, el objetivo de la cooperación para el desarrollo
era claro y estratégico: se trataba de probar que el capitalismo
era benéfico y aportaba el desarrollo social. La política de cooperación
para el desarrollo era un componente de la teoría del dominó.
Con el fin de la Guerra Fría, este interés disminuyó: el desarrollo
de los PED era siempre deseable, pero ya no era necesario desde
un punto de vista estratégico.
Con
la declinación de la Guerra Fría, la revolución Reagan-Thatcher
desbocó el capitalismo en los países industrializados, mientras
que el consenso de Washington lo impuso en los PED. Consecuentemente,
las desigualdades sociales aumentaron significativamente entre
y en el seno de los países. Esta ruptura en las políticas y los
paradigmas fue considerada como una "contrarrevolución del desarrollo".
Las condicionalidades del Fondo Monetario Internacional (FMI)
y los ajustes estructurales preconizados por el Banco Mundial
transformaron el desarrollo en una disciplina invitada a conformarse
con el capitalismo angloestadounidense. La ortodoxia keynesiana
de las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial
ha cedido su lugar a la ortodoxia neoliberal. Con este cambio
de paradigma, el desarrollo basado en el Estado ha sido rechazado
en beneficio de un desarrollo basado en el mercado.
Es
fácil constatar que tras cincuenta años de políticas de desarrollo,
muchos PED siguen enfrentándose a una reducción de sus ingresos
y que las desigualdades globales siguen aumentando. En los primeros
decenios de la posguerra, el crecimiento económico mundial aumentó
y numerosos PED mejoraron su situación. Esta tendencia ha cambiado
radicalmente con la adopción de las políticas de ajuste estructural.
Hoy,
el debate es encarnizado para saber si durante los últimos decenios
las desigualdades globales aumentaron o disminuyeron. Existe acuerdo
relativo en relación con la idea de que las estadísticas sobre
el desarrollo mundial muestran una mejora general. Ella está ligada
particularmente al crecimiento del Asia oriental, especialmente
de la India y de la China, que representan ellas solas el 40%
de la población mundial. Pero no hay acuerdo sobre el significado
de esta mejora general. Hay quienes consideran que ella demuestra
las virtudes de la globalización, mientras que otros piensan que
esta mejora deriva de los beneficios del librecambio y el desarrollo
basado en las exportaciones, es decir, claramente de las políticas
del consenso de Washington.4 Pero,
irónicamente, los países que registran un crecimiento económico
significativo no han seguido la ortodoxia del consenso de Washington,
mientras que los que la han aplicado -los países endeudados de
África y América Latina que no tenían otras soluciones que seguir
la consigna del FMI- fracasaron en sus objetivos de desarrollo
o experimentaron una disminución de su crecimiento.5
El
análisis de estas experiencias diferentes muestra que el núcleo
del problema no es el conocimiento del desarrollo en sí mismo,
sino más bien las políticas de desarrollo, tal como son ejecutadas
y el contexto macroeconómico en el que ellas se aplican. El problema
principal es la adopción de políticas macroeconómicas que no conducen
al desarrollo, pero lo utilizan como argumento para lograr otros
objetivos.
Cambio
de régimen
Hoy en día, tras los daños causados por veinte años de neoliberalismo,
con el debilitamiento del multilateralismo y el lanzamiento de
la guerra contra el terrorismo imaginado por la doctrina estadounidense
de seguridad, se hace difícil abordar las cuestiones del desarrollo
sin perder la cara. ¿Podemos discutir todavía acerca del desarrollo
como si todo eso no fuera importante? Las tendencias actuales
muestran, más claramente que antes, que el desarrollo no constituye
una prioridad internacional.
En
primer lugar, dados los resultados registrados por la globalización
neoliberal y como el paradigma neoliberal ha muerto, convendría
enterrarlo. El proceso de reconquista del desarrollo está en marcha.6
¿Qué queda entonces de legitimidad para las instituciones internacionales
que preconizaron ardientemente la ortodoxia neoliberal y la aplicaron
constantemente? ¿Qué queda de legitimidad al FMI tras su gestión
calamitosa de las crisis financieras asiática, rusa y argentina?
Dados los mediocres resultados en términos de erradicación de
la pobreza registrados por el Banco Mundial, ¿cómo juzgar su aspiración
a convertirse en un "banco del conocimiento"? Ciertamente, toda
política requiere estadísticas y conocimientos operacionales.
Pero lo que es verdaderamente necesario es un conocimiento crítico
para contextualizar y evaluar las políticas y los paradigmas,
es decir, precisamente lo que no hace el Banco Mundial... El Banco
Mundial es un tunel de conocimientos, incluso en el interior:
la nueva cultura de escucha ("las voces de los pobres") del Banco
Mundial no se aplica al proceso de decisión interna.7
El
conocimiento crítico es el eslabón que le falta a Washington,
capital mundial de los grupos pensantes. Esta situación no es
accidental. Ella es estructural y no está en condiciones de cambiar
en los próximos años.8 Según Joseph
Stiglitz, "es difícil tener que afrontar a un poder fuerte que
es a la vez profesor de aula y alumno absentista".9
La
erosión del multilateralismo se considera a veces como una ampliación
del eje del Atlántico, como si la obstinación de los Europeos
estuviera igualmente en cuestión. Pero son los Estados Unidos
los que han adoptado el habito de no cumplir con sus compromisos
internacionales (el tratado de no proliferación, la prohibición
de minas antipersonales) o de vaciarlos de su contenido (Protocolo
de Kioto, Corte Penal Internacional).
No
hay compromiso posible frente al "con nosotros o contra nosotros"
prescrito por los Estados Unidos, cuyo hábito de negar el multilateralismo
mina la cooperación internacional para el desarrollo. En lugar
de negociar en el seno de la Organización Mundial del Comercio
(OMC) -recinto multilateral, hasta donde puede serlo-, los Estados
Unidos privilegian los acuerdos bilaterales de librecambio. Los
gastos militares estadounidenses han alcanzado 500 mil millones
de dólares en 2004 (y mucho más si se agrega el costo de la guerra
y otros gastos de seguridad), mientras que la ayuda al desarrollo
sólo ha recibido 15 mil millones de dólares.
¿En
qué se convierte el proyecto de desarrollo en medio del jaleo
de la guerra? La guerra es lo opuesto del desarrollo. Ella exige
transferencias masivas de recursos y concentración del poder.
Si la paz y la seguridad son necesarias para el desarrollo, la
guerra perpetua contra el terrorismo y el concepto de guerra preventiva
socavan las tentativas de desarrollo. Con un esfuerzo de imaginación,
se podría considerar el desarrollo (o por lo menos el crecimiento
económico) como el fruto de la globalización neoliberal, pero
no ciertamente de la política hegemónica.
La
guerra tiene el mérito de clarificar la situación. Lo que estaba
escondido en tiempos de compromiso se revela cuando este compromiso
vuela hecho pedazos. La nueva configuración se convierte en la
de un imperio neoliberal: un marco inestable y no sostenible que
alía hegemonismo y neoliberalismo, aunque el mercado libre es
conquistado en el mundo mediante la fuerza de las armas.10
El neoliberalismo es rebautizado 'libertad' y sus iconos son las
bases aéreas y los oleoductos. La consigna se convierte en "reduzcamos
la pobreza en el mundo, pero antes, liberemos Afganistán e Irak".
Desobediencia
civil
En estas circunstancias, es difícil saber cómo se puede retomar
el proyecto internacional de desarrollo. Hay grandes posibilidades
de que los Objetivos de Desarrollo del Milenio terminen reuniéndose
con la serie de objetivos que todavía no se han logrado o no se
lograrán: el objetivo de las Naciones Unidas para la ayuda pública
al desarrollo y los objetivos de la Cumbre Social para el año
2020.
La
coyuntura actual tiende hacia acuerdos de cooperación bilateral
o regional, más que internacional. Se observa una tendencia a
la regionalización del desarrollo con una más fuerte cooperación
económica en Asia, alrededor de la China, y un desarrollo del
potencial de cooperación Sur-Sur. Por razones evidentes, eso no
se inspirará en la ortodoxia de Washington.
Hoy,
el desarrollo ya no tiene necesidad de nuevos aportes de las ciencias
sociales (ya ha recibido bastante), sino de un "cinismo refrescante"
y de una perspectiva clara sobre el papel del conocimiento y el
poder. Lo que necesitan las ciencias sociales, en particular la
economía, es romper su encierro y abrir sus ventanas al desarrollo.
Más que una reorganización de los saberes, requiere un realineamiento
del poder.
Los
estudios sobre el desarrollo deben ser una manifestación de desobediencia
civil frente a las pretensiones de las instituciones de Washington.
Esto no se podrá concretar mientras que las investigaciones y
las políticas sigan alineadas con las de Washington. Los organismos
o las instituciones internacionales en los países proveedores
de fondos, particularmente de Europa y el Japón, deberían tomar
conciencia de que el paradigma neoliberal ha muerto, que las instituciones
de Washington están en quiebra y que se deberían redefinir los
modelos políticos y los flujos de la ayuda. Los paradigmas y las
estructuras de poder son por lo menos tan ágiles como los petroleros,
pero tarde o temprano, cuando el carácter de la hegemonía global
cambie, sucederá lo mismo con el poder y las políticas del conocimiento.
Si ha sido posible llegar a un acuerdo internacional para el Protocolo
de Kioto y la Corte Penal Internacional, también debería ser posible
llegar a ponerse de acuerdo a favor del desarrollo internacional.
Un esfuerzo que requiere hacer borrón y cuenta nueva.
1) Este argumento se desarrolló
en Cowen, M. P. y R. W. Shenton, Doctrines of development, London,
Routledge, 1996.
2) Véase Preston, P. W. Development theory: and introduction,
Oxford, Blackwell, 1996.
3) Florence Nightingale (1820-1910), nacida en un medio acomodado,
dedicó su vida a la creación de hospitales, la formación de enfermeras,
el cuidado de los niños pobres, etc.
4) Jagdish Bhagwati, E. G. Defense of Globalization, New York,
Oxford University Press, 2004; Norberg, J., Defense of global
capitalism, Washington, D.C., Cato Institute, 2003.
5) Debatido en Nederveen Pieterse, J., Globalization or Empire?,
New York, Routledge, 2004; Firebaugh, G. y B. Goesling, Accounting
for the recent decline in global income inequality, American Journal
of Sociology, vol. 110, n.º 2, 2004, pp. 283-312.
6) Véase Ha-Joon Chang e I. Grabel, Reclaiming development: an
alternate economic policy manual, London, Zed, 2004.
7) Wilks, A. y F. Lefrancois, Blinding with science or encouraging
debate? How World Bank analysis determines PRSP policies, London,
Bretton Woods Project, 2002; Mehta, L., The World Bank and its
emerging knowledge empire, Human Organization, vol. 60, n.º 2,
2001, pp. 189-196.
8) Véase Nederveen Pieterse, J., Can the
United States correct itself? World Affairs, vol. 8, n.º 2, 2004,
pp. 136-145; Nederveen Pieterse, J., The trouble with hegemony:
Hegemonic destabilization theory, Asian Review (Bangkok), n.º
16, 2004, pp. 69-90. [Número temático: Globalization and Hegemony].
9) Stiglitz, J., Globalization and its discontents, New York,
Norton, 2002. 10) Nederveen Pieterse, J., Globalization or Empire?,
New York, Routledge, 2004.
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